TODO ESTO... PARA QUE LE PIDA PERDÓN

27 de Nov del 2018

Categoria: Artículo

TODO ESTO... PARA QUE LE PIDA PERDÓN

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Antonio Morales, de Santiago de Chile, levantó su arma y disparó. La bala iba dirigida a su esposa, con quien había tenido una de esas peleas familiares. Para el marido, su revólver era el último recurso. La mujer cayó al suelo herida, y Antonio pensó que la había matado.

Asustado, levantó el arma a su propia sien y apretó el gatillo, pero el revólver no tenía más balas. Corrió, entonces, a las vías del tren para arrojarse al paso de algún convoy, pero había huelga de trenes ese día y no pasaba ninguno.

Frustrado y afligido, y pensando que su esposa yacía muerta en el suelo de la casa, se subió a la parte más alta de un edificio que estaba en construcción y se arrojó al vacío. Pero cayó sobre un camión lleno de colchones, y apenas se hizo unos raspones.

De ahí lo llevaron al hospital y lo pusieron en la misma sala donde estaba su esposa, cuyas heridas no habían sido de gravedad. La advertencia del médico lo hizo pensar: «Todo esto le ha pasado para que le pida perdón a su señora.»

He aquí un caso en que, seguramente más que la casualidad, intervino Dios mismo. La pasión se apoderó por un momento del corazón de Antonio Morales. Creyendo que había matado a su esposa, intentó suicidarse. Tres veces falló en su empeño. Al fin, junto a la cama de su esposa, tuvo tiempo de conversar con ella. Dios le dio a ese hombre una oportunidad más de arreglar sus problemas conyugales, no a balazos sino con palabras y con buena voluntad.

La furia, la violencia y la ira ciega nunca arreglan nada. En cambio, la razón, la paciencia, la indulgencia y la tolerancia, con el amor comprensivo y paciente, arreglan todo.

Si tenemos problemas matrimoniales, o si hay desavenencias en nuestro matrimonio que han destruido el primer amor, mientras hay vida hay esperanza. Mientras todavía corre la sangre caliente por nuestras venas, podemos tener fe.

Lo primero que debemos hacer, tanto nosotros como nuestro cónyuge, es reconocer, cada uno por su parte, que la culpa es siempre de los dos.

El segundo paso es conversar, con calma y con paciencia, sobre el problema que nos aflige.

El tercer paso, y el más importante, es buscar la ayuda divina. Muchas veces basta el clamor sincero del alma que, buscando a Cristo, se somete a su divina voluntad. Invitemos a Cristo a nuestra vida y hogar. Él cambiará nuestra situación.

Fuente: www.conciencia.net/